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Pareja y relaciones

Cuando en la pareja una es la madre y el otro el niño: cómo salir de este baile

Por Lorena González Leal · Terapeuta Gestalt · Lectura de 18 minutos

Son las ocho de la mañana. Ella ya ha mirado el tiempo, ha pensado en la cita del dentista que él tiene a las once y le ha dejado las llaves del coche junto a la puerta. Antes de que salga, le pregunta: «¿Llevas la cartera? ¿Te acuerdas de lo de las once? ¿Has llamado a tu madre?». Él responde con un «sí, sí» desganado, a veces con fastidio. Por la noche, ella descubre que la factura que él tenía que pagar sigue sin pagar. Ella está agotada. Él se siente vigilado. Los dos sienten que el otro no le entiende.

Si te reconoces en esta escena, este artículo es para ti. No para señalar culpables, sino para entender un baile en el que participan dos personas: ella hace de madre y él hace de niño. Y lo más importante: entender cómo se aprende ese baile también nos enseña cómo dejar de bailarlo.

Lo explicaré con el ejemplo más habitual, ella como madre y él como niño, pero los papeles pueden estar invertidos y esta dinámica aparece también en parejas del mismo sexo. Para entenderla usaremos el Análisis Transaccional, un modelo creado por el psiquiatra Eric Berne en los años 50 que pone nombres sencillos a cosas que vivimos todos los días.

Padre, Adulto y Niño: las tres voces que todos llevamos dentro

Berne observó que todas las personas funcionamos desde tres «estados del yo». No tienen que ver con la edad: son formas de pensar, sentir y comportarnos que se activan según el momento. Te los explico con más detalle en el artículo sobre los estados del yo.

Ninguno de estos estados es malo. Una pareja sana usa los tres: se cuida (Padre Protector), resuelve problemas (Adulto) y juega y se desea (Niño Libre). El problema aparece cuando cada miembro de la pareja se queda fijado en un solo estado y el Adulto de ambos desaparece de la relación.

Cómo se forma el baile madre-niño

Las transacciones que encajan demasiado bien

En Análisis Transaccional, cada intercambio entre dos personas es una «transacción»: un estímulo y una respuesta. Cuando ella habla desde su Padre y él responde desde su Niño, la conversación encaja. Berne lo llamó transacción complementaria, y su regla es sencilla: mientras encaje, puede repetirse indefinidamente.

Nadie discute de verdad. El hotel se reserva. Y el patrón queda reforzado una vez más. Por eso estas dinámicas son tan difíciles de ver desde dentro: funcionan. El problema no es que fallen, sino lo que cuestan.

La simbiosis: entre los dos hacen una persona

Jacqui Schiff y sus colaboradores describieron un concepto muy útil: la simbiosis. Ocurre cuando dos personas se comportan como si entre las dos formaran una sola persona completa. En la pareja madre-niño, ella pone el Padre y el Adulto: piensa, planifica, recuerda, decide, se preocupa. Él pone el Niño: siente, desea, se distrae, se deja llevar.

Cada uno deja de usar las partes que el otro cubre. Él no necesita activar su Adulto porque ella ya lo hace. Ella no tiene espacio para su Niño Libre, para descansar, jugar o ser cuidada, porque alguien tiene que ocuparse de todo. La simbiosis es natural y necesaria entre una madre y un bebé. Entre dos adultos, en cambio, mantiene a ambos incompletos.

De dónde viene

Nadie elige este papel por casualidad. A menudo, quien hace de madre aprendió muy pronto a ser responsable: fue la hermana mayor, cuidó de un padre o una madre frágil, o recibió aprecio sobre todo cuando era útil, buena y no daba problemas. Su mensaje interno puede ser «Sé fuerte», «Complace» o «Sé perfecta».

Quien hace de niño a menudo creció con alguien que lo hacía todo por él, o con un ambiente muy controlador frente al que aprendió a escabullirse. Su mensaje interno puede ser «No crezcas» o «Si no lo hago yo, alguien lo hará».

Cuando dos personas con estas historias se encuentran, encajan como piezas de un puzle. Por eso al principio la relación suele vivirse con alivio: ella se siente necesaria y él se siente cuidado. Muchas veces aquí resuenan también las heridas de la infancia.

Un círculo que se alimenta solo

Esta es probablemente la idea más importante: la madre provoca al niño y el niño provoca a la madre. No son dos problemas separados, uno de ella y otro de él. Es un mismo circuito con dos polos, y cada polo activa al otro.

En Análisis Transaccional se dice que cada estado del yo hace una invitación al otro. Cuando alguien te habla desde su Padre, lo más automático es responder desde tu Niño. Y cuando alguien te habla desde su Niño, lo más automático es responder desde tu Padre. Cuando ella recuerda, corrige y organiza, a él le resulta más fácil relajarse, desentenderse o rebelarse. Cuando él olvida, duda o se escabulle, a ella le salta la alarma y toma el control. Ninguno de los dos lo decide. Es como cuando alguien te tiende la mano y tú, sin pensarlo, se la estrechas.

Cómo gira el círculo

  1. Él deja algo sin hacer.
  2. Ella se inquieta y se encarga, se lo recuerda o se lo reprocha.
  3. Él siente que ella ya se ocupa, o que le controla, y se implica todavía menos.
  4. Ella confirma que no puede contar con él y controla todavía más.
  5. Él se siente aún más pequeño o más vigilado, y se retira un poco más.
  6. Y vuelta al paso 1, cada vez con los papeles más marcados.

Con los años, el círculo se va estrechando: ella cada vez más madre y él cada vez más niño. Por eso muchas parejas dicen: «Al principio no éramos así».

¿Quién empezó? Una pregunta sin respuesta

«Yo controlo porque tú no haces nada», dice ella. «Yo no hago nada porque tú lo controlas todo», responde él. Los dos tienen razón, y por eso la discusión no termina nunca. En un círculo no hay principio. La pregunta útil no es «¿quién tiene la culpa?», sino «¿cómo alimento yo este círculo y qué puedo hacer distinto?».

Este círculo tiene una parte dura y otra muy esperanzadora. La dura: mientras ella siga en la madre, a él le será muy difícil salir del niño, y al revés. La esperanzadora: como los dos roles se sostienen mutuamente, basta con que uno cambie de forma sostenida para que el otro empiece a cambiar.

Cómo reconocer cuándo hablas desde la madre

En tus palabras

En tu voz y tu cuerpo

Dentro de ti

Es la pista más fiable, porque el cuerpo avisa antes que la cabeza: una tensión de alerta, como si tuvieras que vigilar que nada se escape; una mezcla de rabia y resignación («si no lo hago yo, no lo hace nadie»); una superioridad cansada; dificultad para sentarte mientras algo está «sin resolver»; ansiedad cuando él se encarga de algo y alivio cuando recuperas el control.

Una prueba rápida: ¿Padre o Adulto?

  1. ¿Me lo ha pedido? Si no, probablemente es tu Padre.
  2. ¿Describo un hecho o emito un juicio? «La factura vence el viernes» es Adulto. «Siempre lo dejas todo para el final» es Padre Crítico.
  3. ¿Le hablo como a un igual? Imagina que se lo dices a una compañera de trabajo a quien respetas. Si no se lo dirías así, no es tu Adulto quien habla.

Cómo reconocer cuándo él está en el niño

El papel de niño no siempre es simpático o despreocupado. Muchas veces es pasivo:

Los cuatro comportamientos pasivos

La escuela de Schiff describió cuatro conductas típicas de no usar el propio Adulto para resolver un problema: no hacer nada y esperar a que se resuelva solo o lo resuelvas tú; sobreadaptarse («dime qué tengo que hacer»); la agitación, hacer muchas cosas sin resolver ninguna; y la incapacitación o explosión, bloquearse, ponerse «malo» o estallar, de forma que la responsabilidad vuelve a ti.

Ojo: ella también puede ser pasiva, aunque parezca muy activa. Hacer las cosas del otro es una forma de no resolver el problema real, que es que la pareja no reparte bien la responsabilidad. La sobreactividad de una alimenta la pasividad del otro.

Los descuentos: lo que ninguno de los dos ve

Schiff llamó descuento a ignorar, sin darse cuenta, una parte de la realidad que ayudaría a resolver un problema. Ella descuenta la capacidad de él («no va a ser capaz»). Él descuenta su propia capacidad («no sé hacerlo»). Y los dos descuentan el problema («es que somos así»). Cada vez que alguno dice «no puede», conviene preguntarse: ¿no puede, o no lo hace porque otra persona lo hace por él?

Cuestionario: ¿estamos en la dinámica madre-niño?

Marca las frases que describan vuestra relación en los últimos meses. No es un diagnóstico: es un espejo.

Sobre ti

Sobre él

Sobre los dos

Cómo leerlo: si has marcado la mitad o más de las frases de cada bloque, es muy probable que la dinámica esté instalada. No es un fallo de ninguno de los dos; es un patrón aprendido. Y lo aprendido se puede desaprender.

Por qué cuesta tanto salir

Los beneficios ocultos

Si el patrón duele, ¿por qué se repite? Porque a los dos les da algo. Ella gana sentirse imprescindible, tener el control (y con él, cierta seguridad), una identidad clara de «la que puede con todo» y, a veces, la superioridad moral de ser la responsable. Él gana no cargar con el peso de decidir, no equivocarse, libertad para disfrutar y alguien a quien culpar cuando las cosas no salen bien.

El triángulo dramático

Stephen Karpman describió tres papeles por los que vamos rotando: Salvador, Perseguidor y Víctima. Ella empieza como Salvadora: se adelanta, le recuerda, le resuelve. Se cansa y pasa a Perseguidora: «Eres un desastre». Él se coloca como Víctima: «Haga lo que haga, nunca está bien». Después los papeles giran: él la acusa de controladora y ella se siente sola con todo. Y vuelta a empezar. Te lo explico a fondo en el artículo sobre el triángulo dramático.

Al final, los dos terminan con el sentimiento de siempre: ella, «tengo que hacerlo todo yo»; él, «nunca soy suficiente». Berne llamaba a esto el «pago» del juego: la emoción conocida que confirma la historia que cada uno se cuenta de sí mismo.

Las caricias: el reconocimiento que cada uno recibe

Berne llamó caricias a cualquier forma de reconocimiento, también a una crítica. Necesitamos caricias para vivir, y una caricia negativa es mejor que ninguna. Ella recibe caricias por hacer, no por ser: «qué haría yo sin ti». Si deja de hacer, siente que deja de valer. Él recibe caricias negativas cuando falla y, a veces, ternura cuando se muestra desvalido. Sin darse cuenta, aprende que fallar también le trae atención.

Por eso cambiar da miedo. Hace falta sustituir esas caricias por otras nuevas: que ella sea querida sin tener que demostrar, y que él sea reconocido cuando se responsabiliza.

Los impulsores: las voces que empujan a cada uno

El psicólogo Taibi Kahler describió cinco mensajes internos que aprendimos para ganarnos el cariño de nuestros padres, una especie de «solo estaré bien si…»:

Cada impulsor tiene su antídoto, un permiso que podemos darnos: puedes pedir ayuda, puedes complacerte a ti, puedes ser suficiente, puedes ir a tu ritmo, puedes hacerlo y terminar.

El guion: la historia que cada uno se cuenta

Para Berne, cada persona escribe de pequeña un guion de vida. La pareja madre-niño suele confirmar dos guiones que encajan. Ella: «Tengo que cuidar a los demás para que me quieran. Nadie me cuidará a mí». Él: «No soy capaz. Siempre habrá alguien que lo haga por mí». Cada discusión es otra escena del mismo guion. Romper el patrón significa empezar a escribir una historia distinta.

Lo que cuesta este baile

A ella le cuesta el cansancio, la soledad dentro de la pareja y una rabia que va creciendo en silencio. Lleva lo que hoy se llama carga mental: no solo hacer las cosas, sino pensarlas, recordarlas y supervisarlas. Y casi nunca tiene permiso para descansar.

A él le cuesta la confianza en sí mismo. Cada vez que alguien resuelve por nosotros, recibimos un mensaje silencioso: «no eres capaz». Con el tiempo se siente pequeño, vigilado y juzgado, y se defiende con pasividad u olvidos, que es justo lo que alimenta el control de ella.

A la pareja le cuesta el deseo. Es quizá el precio más invisible y el más importante. Es muy difícil desear a alguien a quien estás cuidando como a un hijo, y muy difícil desear a alguien que te riñe como una madre. El erotismo necesita dos Niños Libres que se encuentren entre iguales, no una persona arriba y otra abajo. Detrás de muchas faltas de deseo en la pareja está esta dinámica.

Además, si hay hijos, ellos aprenden lo que ven. El baile tiende a pasar a la siguiente generación si nadie lo interrumpe.

Cómo dejar de bailar: volver al Adulto

Un baile de dos se rompe en cuanto uno de los dos cambia el paso. No hace falta esperar a que el otro cambie primero.

Si tú eres quien hace de madre

  1. Observa sin juzgarte. Durante una semana, anota cada vez que recuerdas, corriges o resuelves algo que le corresponde a él.
  2. Cambia la pregunta. Antes de actuar: «¿Esto es mío o es suyo?».
  3. Habla de Adulto a Adulto. En lugar de «¿Has pagado ya la luz?», prueba: «Quedamos en que tú te ocupabas de la luz. Yo no voy a recordártelo; confío en que lo gestionas».
  4. Tolera el vacío. Al principio, las cosas se van a caer. Ese es el momento clave: si vuelves a rescatar, el baile se reinicia.
  5. Pide para ti. Dale espacio a tu Niño Libre: descanso, juego, que te cuiden. Aprender a pedir es parte del cambio.

Si tú eres quien hace de niño

  1. Reconoce la comodidad. ¿Qué te ahorras cuando ella se ocupa de todo?
  2. Asume áreas completas. No «ayudar», sino hacerte cargo de un ámbito de principio a fin: pensarlo, planificarlo y hacerlo.
  3. Cumple lo pequeño. Mejor una cosa cumplida que diez prometidas.
  4. Di que no en voz alta. Si no vas a hacer algo, dilo. El «sí» que luego no se cumple es la forma más frecuente de rebeldía del Niño Adaptado.

Cambiar la frase cambia el baile

Berne explicó que una conversación repetitiva solo se rompe cuando alguien responde desde un estado del yo distinto al esperado. Lo llamó transacción cruzada. Al principio puede generar desconcierto o incluso enfado, y es buena señal: el guion se ha interrumpido.

Dos claves para que funcione: el Adulto habla de hechos y peticiones concretas, no de juicios sobre la persona. Y se dice una vez, sin repetir ni perseguir. Si repites, vuelves al Padre.

Lo que puede pasar cuando cambias

  1. Él puede empeorar al principio: más olvidos, más «no sé». Es una forma inconsciente de pedir que vuelvas a tu sitio.
  2. Puedes sentir culpa o ansiedad al ver cosas sin hacer. Es la voz de tu impulsor, no la realidad.
  3. Pueden aparecer discusiones nuevas: «Ahora pasas de todo». No es desinterés; es que estás dejando de cuidar como una madre para querer como una pareja.
  4. Si los dos sostenéis el cambio unas semanas, suele llegar el alivio: ella descansa, él se siente más capaz y vuelve a aparecer el espacio para el juego y el deseo.

Para los dos

Para reflexionar

No hace falta responderlas todas, ni rápido. Elige la que más te remueva.

Para terminar

Nadie se queda en el papel de madre por capricho. Ese papel te protegió en algún momento y te dio un lugar en el mundo. Reconocerlo no es culparte; es empezar a elegir.

Soltar el control no significa dejar de querer. Significa confiar en que el otro es un adulto, y darte permiso para ser algo más que la que sostiene. Una pareja se vuelve más viva cuando los dos pueden cuidar, los dos pueden decidir y los dos pueden jugar.

Si quieres trabajarlo, puedo acompañarte en terapia individual o a los dos en terapia de pareja.

Preguntas frecuentes

¿Por qué siento que mi pareja es como un hijo más?

Porque probablemente os habéis repartido los papeles: tú piensas, recuerdas y organizas por los dos, y tu pareja se ha acomodado a que lo hagas. No es solo culpa suya ni tuya: es un círculo que se alimenta entre los dos.

¿Qué es la carga mental en la pareja?

Es el trabajo invisible de pensar, recordar, planificar y supervisar todo lo que hay que hacer, además de hacerlo. Suele recaer en quien hace de madre y genera un cansancio que no se ve.

¿Puede cambiar esta dinámica si solo uno de los dos quiere?

Sí. Como los dos papeles se sostienen mutuamente, cuando uno cambia de forma sostenida el otro tiene que reajustarse. Al principio puede haber resistencia, pero el círculo empieza a abrirse.

¿Esta dinámica afecta al deseo sexual?

Mucho. Es difícil desear a alguien a quien cuidas como a un niño o que te riñe como una madre. Recuperar el trato entre iguales suele devolver espacio al juego y al deseo.

Referencias: Berne, E. Juegos en que participamos. Schiff, J. L. et al. (1975). Cathexis Reader. Karpman, S. (1968). Fairy tales and script drama analysis. Kahler, T. (1975). Drivers: the key to the process of scripts.

Lorena González Leal, terapeuta Gestalt

Lorena González Leal

Terapeuta Gestalt · Enfoque humanista e integrativo

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